Retroaso

—Caramba, no puede poner una cama de campaña en el tocador de una mujer elegante. Lo apropiado aquí es la cama imperial de la película Madame DuBarry. ¡Pero dese prisa! El director va a llegar enseguida. De buena mañana ya empiezan los problemas. ¿Cómo se van a curar así los cálculos biliares.

—Buen hombre, no se ofenda usted, pero un tocador no es un granero. Venga, déjese de discursos. ¡Cambie las camas!


—Voy volando.


—Pero no tropiece con los pedales en el intento. Sería usted una pérdida irreparable para la empresa.


No precisamente complacido, el trabajador del estudio se fue con la indeseada cama de campaña.

Hans Möller, el supervisor de grabación, observó con enfado la retirada del mueble incompatible con el estilo deseado, como si se hubiera sentido personalmente ofendido por su inesperada presencia en la alcoba de una dama de mundo.


Hans Möller era el factótum del estudio cinematográfico, un hombre pequeño y regordete, entrado en carnes y calvo, que miraba el mundo con recelo a través de unas gafas con montura de cuerno. Mientras el director y los actores principales no estuvieran presentes, él era el gobernante sin restricciones en ese reino del cine. Tenía que asegurarse de que los decorados estuvieran montados a tiempo, de que los atrezos estuvieran en su sitio y de que todos los actores fueran puntuales. Que todo marchara bien no era más que una obviedad para el director. Hans Möller no recibía ningún elogio especial por ello.


Sin embargo, cuando algo salía mal, se desataba una tormenta eléctrica sobre su calva, de modo que todo el estudio, actores y personal técnico, e incluso los decorados, temblaban. Möller era el único que no temblaba. Se consolaba pensando que los justos debían sufrir y desaparecía unos minutos en la cantina cada vez que había una trifulca. Siempre volvía al estudio con el rostro radiante de alegría.


La mayoría de las veces el jaleo ya había amainado. Möller, el indispensable chivo expiatorio del director, sonreía con una jovialidad irresistible. Sin embargo, otras veces, el alboroto seguía en pleno apogeo cuando él regresaba. Y pese a ello, Möller sonreía, de forma jovial e irresistible. No había manera de entenderlo, ¿sonreía por vergüenza al ver que su existencia en este mundo era lamentablemente innegable o simplemente se reía de su director que profería insultos? En cualquier caso, su sonrisa acallaba rápidamente el aluvión de injurias.


Cuando Möller desaparecía en la cantina y se bebía dos o tres aguardientes grandes, que le infundían el valor suficiente para superar los ataques de rabia que se desataban contra su persona, acostumbraba a cargar los gastos en la cuenta de la empresa, bajo el epígrafe de "Varios".


Además, Möller alegaba que tenía que visitar la cantina con más frecuencia para evitar que sus cálculos biliares sufrieran ataques insidiosos. Aunque lo cierto es que nadie se creía realmente lo de los cálculos biliares, y mucho menos su supuesto propietario. Era poco probable encontrar un médico que curase los cálculos biliares con aguardiente. Möller era su propio médico y se recetaba él solito aquella medicina que resultaba agradable a su paladar. Así pues, la cantina del estudio cinematográfico era su farmacia favorita.


También esa mañana huyó hacia la cantina para tragarse el enfado por el asunto de la cama de campaña. Después de sobreponerse a dos coñacs y encontrarse otra vez de buen humor frente a la decoración del dormitorio del estudio, la cama imperial de la Dubarry se extendía ampliamente en el tocador.


Las almohadas ricamente bordadas, ribeteadas con amplios encajes de bolillos, y un grueso edredón de plumón de seda rosa evocaban el paraíso de una cama demasiado hermosa como para acostarse en ella. Las paredes del dormitorio estaban cubiertas de terciopelo gris, un color que más tarde reluciría en un tono maravillosamente suave en la fotografía de la película. En la pared, encima de la cama, colgaba un grabado de Watteau, una galante escena rococó de graciosa sensualidad. Sobre el tocador brillaba y centelleaba el cristal de numerosas botellas y frascos. La chaise longue frente a la cama, con innumerables cojines de vivos colores y adornos bordados, así como la multitud de divertidas muñecas, bonzos y bailarinas, peluches y caballeros, estaba destinada a despertar el entusiasmo de todo corazón femenino. El suelo, que debía soportar todas estas delicias, estaba cubierto de terciopelo, del mismo tono gris que adornaba la pared.


En la desnuda y sobria habitación del estudio cinematográfico, unas hábiles manos habían dado vida al elegante dormitorio de una dama de mundo. Durante unas pocas horas en el estudio, se hacía realidad el sueño de toda mujer de poseer un hogar lujoso y acogedor...


Hans Möller escrutaba con ojo crítico la habitación que los obreros habían construido esa misma mañana. No tenía nada que objetar. El rodaje podía comenzar puntualmente a las diez, tal y como se había determinado. Todavía faltaba media hora. Los trabajadores estaban tomando el desayuno en la cantina. Los primeros actores iban apareciendo con sus maletas y cruzaban el estudio con un jovial "Buenos días" de camino a sus camerinos.


El sonido de un conocido claxon se oyó fuera. La pesada limusina del director se aproximó. Unos momentos después, Fred Koster irrumpía en el estudio. Por sus pasos leves y suaves, así como su porte seguro y elegante, se intuía que este célebre hombre de cine estaba habituado a despertar atención y admiración cuando aparecía. Era el director alemán mejor pagado y tenía que repartir su trabajo entre los estudios de Neubabelsberg y el paraíso cinematográfico americano de Hollywood. Dos continentes rendían homenaje a sus éxitos.


Allá donde Fred Koster aparecía en público, ya fuera en los estrenos de sus películas, en restaurantes o en sociedades y bailes, se le veía rodeado por las mujeres más bellas, ricas y elegantes. Se le consideraba un hombre irresistible, cuyas conquistas resultaban casi demasiado fáciles, y que no conocía las más mínimas inhibiciones cuando su desenfrenado temperamento artístico se inflamaba apasionadamente por una mujer. Era un conquistador nato, sin escrúpulos a la hora de hacerse con las mujeres eludiendo cualquier vínculo más profundo, para alejarlas inmediatamente en cuanto se cansaba de ellas. Muchas mujeres sucumbieron a sus encantos, creyendo en un amor sincero, dándose cuenta demasiado tarde de que habían caído en las redes de un seductor fríamente calculador.


A Fred Koster no le conmovían en absoluto estas mujeres, de cuyo destino él era culpable. Seguía siendo el hombre radiante y superior de mundo, que se embriagaba con sus propios éxitos y que sabía aprovechar a la perfección cada oportunidad que se le presentaba en la profesión y en el amor, siempre victorioso....

Así que este famoso y aventurero director de cine se apresuró a salir del coche para dirigirse a su puesto de trabajo. Hans Möller, el supervisor de grabación, había oído llegar el coche y, con su cuerpo redondo y sus piernas algo cortas y tambaleantes, marchó al encuentro de su jefe para saludarlo.


—¡Buenos días, Sr. Koster!


—¡Buenos días, Möller! ¡Menudo frío hace hoy! ¿Ya ha llegado la señorita Marion?


—No, todavía no —se apresuró a responder Möller.


—Seguro que llega en un minuto. Mientras tanto, vamos a ver si todo está bien —replicó Koster.


Möller miró a su jefe con benévola admiración mientras le acompañaba a los decorados. Involuntariamente comparó su gruesa y rechoncha figura con el aspecto majestuoso y esbelto del director. No es de extrañar, pasó por su mente, que las mujeres estén encaprichadas con este interesante hombre. Bastaba contemplar aquellos imperiosos ojos verde-grisáceos, ojos depredadores que, bajo una frente alta y arqueada surcada por leves arrugas, miraban desafiantes y audaces a su alrededor. Y luego aquel pelo castaño ligeramente encanecido, que con mechones enmarañados y ondulados, convertía la cabeza del susodicho en la cabeza de un verdadero artista. Instintivamente Möller se tocó la calva, dejando escapar un suspiro. Lo cierto es que le encantaba su jefe. No tenía mal gusto, pues lo compartía con Maud Marion, la famosa protagonista de todas las películas que Fred Koster había dirigido en el último año. Möller volvió a suspirar. Koster era el feliz propietario de la deslumbrante y bella diva del cine.


Probablemente esta vez no se trataba de un amorío fugaz. En los círculos cinematográficos ya se hablaba de un matrimonio inminente. Se les veía juntos en todo momento y en todo lugar, el gran director y su gran diva. Así que esta mujer parecía haber logrado capturar al pájaro libre. El donjuán se había enredado por una vez en sus propias redes.


—Bueno, pues aquí estamos. Todo tiene muy buen aspecto.


La exclamación de Koster sobresaltó al supervisor de grabación sacándolo de sus cavilaciones.


—Podemos empezar a tiempo —respondió mecánicamente.


—Entonces llame al encargado de iluminación. Quiero iluminar la decoración. Y que el montaje del salón de baile se inicie de inmediato. Los figurantes están convocados para hoy, ¿no?


—Sí, a las dos.


Hans Möller se apresuró hacia la cantina.


—¡Los iluminadores con el señor Koster! ¡Los trabajadores que empiecen con el salón de baile!


El movimiento se desató en la cantina. Los trabajadores, que ya habían terminado de desayunar, se dirigieron con alboroto al estudio a iniciar sus tareas. Tropezando con los cables que se extendían por el suelo del estudio, llegaron a sus lugares y ajustaron los focos, mientras desde otra parte del estudio retumbaban los primeros martillazos sobre la nueva decoración.


—¡Luz! —gritó Koster.


Inmediatamente silbaron y chispearon los focos de arriba y de los laterales, a través del techo inexistente y a través de la cuarta pared que también faltaba, proyectando su deslumbrante luz sobre el tocador listo para la grabación. Entretanto, el operador había llegado y había ajustado la configuración de su cámara. Un control breve, todo funcionaba perfectamente. Eran casi las diez. El jefe de producción vino e informó a su jefe.


—Todos los actores y actrices están en sus camerinos. Sólo falta la señorita Marion.


—Llame a la casa de la señorita Marion, por si acaso, para comprobar si ya ha salido —ordenó Koster.

Möller se apresuró a cumplir con la instrucción. Volvió a los pocos minutos.


—La señorita Marion salió de casa hace una hora. En realidad, ya debería estar aquí.


—Entonces armémonos de paciencia —sonrió el director.


Möller le entendió a la perfección. La sonrisa significaba: aires de grandeza, ya sabe, a la diva le gusta que la esperen. Todos los trabajadores estaban de pie en sus puestos. Los focos se habían apagado. El equipo de dirección se había reunido en torno a Koster, una señal y la grabación podría empezar. Pero aún faltaba el personaje principal, Maud Marion seguía sin aparecer.


Nervioso, el director se paseaba por el estudio. No soportaba la impuntualidad. Ni siquiera por parte de Maud. La actriz sabía de sobra que todas sus disposiciones para la jornada resultaban inútiles en cuanto se retrasaba el inicio del trabajo. A Koster le pareció tan desconsiderado el comportamiento de su diva que se propuso echarle una regañina cuando llegara.


Se iba alterando cada vez más a medida que pasaban los minutos de inútil espera. El personal observaba al director con tensa expectación: sus pasos apresurados, las líneas de enfado que surcaban su frente, su inquieto caminar de un lado a otro, todo ello delataba la amenaza de tormenta que se estaba formando en su interior. En breve habría una explosión.

Fue entonces cuando Hans Möller oyó que le llamaban por su nombre. La voz del director atravesó el ominoso silencio del estudio.


—¡Möller!


—Otra vez me toca pagar los platos rotos, pobre de mí —murmuró Möller para sí mismo.

A la espera de que se desatara una bronca sobre su inocente cabeza, le respondió a su jefe de manera muy poco amable


—¿Qué pasa?


—¿Que qué pasa? —rugió Koster—. La señorita Marion no ha llegado todavía. ¡Bonita chapuza la que reina en su taller, Möller!


—No puedo traer a la señorita Marion yo mismo en carretilla —refunfuñó Möller.

Ilustración de Fred Koster y Hans Möller durante un rodaje en un estudio de cine sonoro, para el capítulo «Retraso» de la novela de Sybil Morel. Ilustración generada por IA.

El origen cinematográfico de Sybil se percibe claramente en su forma de narrar. Como actriz, concebía las escenas en términos de acciones visibles y cambios de plano. Por ello, un sistema de inteligencia artificial, por ejemplo de OpenAI, es capaz de generar a partir del texto de Sybil las escenas correspondientes, como esta.

El personal no pudo evitar unas risas furtivas ante esta respuesta. Koster fingió no darse cuenta.

Ya son las diez y media —prosiguió entonces—. Möller, haga el favor de llamar por teléfono otra vez. Y no consienta que le digan que la señorita Marion salió de casa hace ya mucho tiempo, cuando es probable que aún esté tan tranquila tomando un baño. Pero rápido. No podemos estar todo el día esperando como tontos.


—No podría estar más de acuerdo, señor Koster —respondió Möller y se alejó de mala gana para cumplir con su cometido.


Mientras tanto, el director continuaba su inquieto recorrido por el estudio. Se le antojó una pequeña eternidad hasta que Möller, que por cierto había hecho una paradita en la cantina, regresó.


—Una historia muy extraña, señor Koster. La doncella de la señorita Marion me ha jurado por las barbas de su novio...


—Möller, ¿pero se ha vuelto usted loco? ¿Qué nos importa ahora el novio de la doncella de la señorita Marion?


—Bueno, seré breve —continuó Möller—, la señorita Marion salió de casa sobre las nueve y cuarto. De hecho, debería haber llegado a las nueve y media. La criada se ha puesto a llorar enseguida.


—¡Ay, no le habrá pasado algo a la señorita!


—¡Tonterías! ¿Qué le puede haber pasado? Tal vez haya sufrido una avería en el camino. Nada más. Bien molesto resulta este retraso.

Entonces dirigió otra pregunta a Möller.


—¿Qué coche ha utilizado hoy la señorita Marion? ¿El descapotable o la limusina?


—Eso no lo he preguntado —respondió el supervisor de la grabación—. Puedo hacer otra llamada de inmediato.


Déjelo. Yo mismo haré la llamada. Con pasos apresurados, Koster se alejó para dirigirse al teléfono de la oficina. La cuestión sobre el coche escogido por Maud le parecía especialmente importante. Si se había decidido hoy por la limusina, iría acompañada de su chófer. La dirección del gran turismo de seis plazas le resultaba demasiado complicada. Pero cuando elegía el descapotable, un pequeño y elegante vehículo de dos plazas, solía conducir sola. La conexión telefónica se estableció de inmediato.


—Hola, residencia de la señorita Maud Marion.


—Fred Koster al teléfono. Escuche, Anni, la señorita Marion todavía no está aquí. ¿Salió sola o con el chófer?


—Sola, Sr. Koster, en el descapotable blanco.


—Gracias. Si averigua algo, llame aquí al estudio inmediatamente.


—Sí, Sr. Koster.


Koster colgó el teléfono pensativo. No podía explicarse la ausencia de Maud. De haber sufrido una avería sin importancia en el camino, podría haber dejado el coche en la carretera para que fuera remolcado. El camino a Neubabelsberg por la Avus y la Potsdamer Chaussee era una carretera muy transitada. Sin duda, Maud habría encontrado la manera de continuar en otro coche o de enviar un mensaje al estudio o a casa desde una cabina telefónica... ¿Qué podría haber pasado?


 Cada vez era más tarde. Mientras tanto, en el estudio se había formado un grupo de personas en torno a Hans debatiendo animadamente sobre la ausencia de Maud Marion. A ese grupo se habían unido asimismo dos actores que tenían que representar ese día la primera escena con Maud Marion y se aburrían en sus camerinos.


La imagen ofrecida por estas personas era muy pintoresca: el director de fotografía, el operador, el técnico de sonido, el ayudante de dirección, es decir, todo el personal relacionado con el director, con largas batas blancas, junto a éstos un actor con un frac impecable, su compañera de reparto en un imponente vestido de noche con escote, ambos muy maquillados, con las cejas intensamente retocadas y luego los trabajadores con sus chaquetas azules y sus batas marrones, el vestuario no podía ser más variopinto.


Todas estas personas constituían una gran familia. Tenían el mismo interés en hacer una película de éxito mediante su trabajo, cada uno desde su puesto: el iluminador en los focos, el obrero en los decorados, el operador en la cámara, el técnico de sonido en la sala de control, los actores en la escena. También compartían un interés común por sus asuntos personales. Y así fue como todos los participantes de aquel mundillo debatieron ávidamente sobre Marion, deseosos de noticias morbosas y sensacionalistas.


Ninguno de ellos creía que hubiera ocurrido una desgracia. Todos ellos sospechaban otro tipo de escándalo en torno a la famosa estrella de cine ... Tal vez se había aburrido de su relación con Fred Koster, de la que todo el mundo era conocedor. ¿Y si Maud Marion se había liado en alguna historia de amor romántico? ¿Y si quizás se había enamorado de un boxeador o de un antiguo príncipe ruso, o se había fugado en secreto con algún otro caballero aventurero? O tal vez Fred Koster le había montado una de sus temidas escenitas el día anterior, había montado en cólera y le había gritado en un arrebato de ira irrefrenable, y Maud Marion, como venganza por su mal comportamiento, había decidido desaparecer por el momento. En ese caso, lo más probable es que estuviera en su casa, en su celestial villa de Grunewald, que sin exageración alguna podría llamarse castillo encantador. Entonces se quedaría allí escondida hasta que Koster se apresurase a hacer las paces.


Todo lo que se decía sobre Maud Marion eran meras suposiciones. Ni tan siquiera la naturaleza de su vínculo amistoso con Koster estaba clara. ¿Quién iba a saber lo que pasaba entre dos personas en sus horas secretas? Fred Koster entró en el estudio tras su conversación telefónica. Inmediatamente cesó la conversación que acababa de tener lugar sobre él y Maud Marion. El director se dirigió al grupo en torno a Möller.


—De momento tenemos que posponer la grabación hasta que recibamos noticias sobre la señorita Marion. Möller, quédese a mi disposición. El resto del equipo puede ir a la cantina.


En ese momento irrumpió en el estudio una mujer pequeña entrada en años, llorando a gritos y con los brazos en alto. En la cabeza llevaba un gorro blanco que, debido a la excitación, se le había deslizado por la cara y le cubría la mejilla derecha con su parte ancha, como si tuviera dolor de muelas. Las gafas de níquel que solía llevar durante el trabajo también se habían deslizado y estaban ahora en la punta de la nariz. La mujer causó una impresión grotesca con semejante atuendo. ¡Si no hubiera gritado tan miserablemente! Parecía la desgracia en persona mientras llenaba el estudio con sus patéticas lamentaciones. Nadie dudaba de que algo terrible debía haber ocurrido.

La señora Pimpfmeyer discute acaloradamente con Hans Möller y el director Fred Koster en un estudio de cine de Neubabelsberg, hacia 1932.

Ilustración de una escena de la novela generada con inteligencia artificial a partir de las indicaciones del editor; creada con OpenAI, 2026.

—La estimada señorita...


Eso fue todo lo que la mujer pudo decir, pues entonces, un torrente de lágrimas impidió que pudiera articular cualquier otra palabra. La mujer que sollozaba era la Sra. Pimpfmeyer, la ayudante de camerino de Maud Marion. ¿Acaso había averiguado algo que los demás aún desconocían? Koster no podía soportar por más tiempo aquella incertidumbre, acrecentada por el estallido de lágrimas de la señora Pimpfmeyer y sus pocas y oscuras palabras. Por ello la increpó con dureza.


—¿Qué pasa, señora Pimpfmeyer? ¡Déjese de llantos y díganos de una vez lo que ha averiguado sobre la señorita Marion!


El tono enérgico del director detuvo de inmediato las lágrimas de la señora Pimpfmeyer. Sacó con asombrosa lentitud un pañuelo del bolsillo de su falda y se sonó cuidadosamente la nariz. La expectación de los allí presentes aumentaba hasta el punto de ebullición, mientras ella volvía a plegar el pañuelo minuciosamente y lo guardaba en el bolsillo de su falda. Koster dio una sonora patada en el suelo.


—¡Hable ya de una vez!


Entonces, la señora Pimpfmeyer habló por fin.


—La señorita Marion aún no ha llegado.


La tensión acumulada dio lugar a un estallido de carcajadas. Koster fue el único capaz de disimular, a duras penas, su indignación.


—¿Por qué llora usted como un alma en pena?


—Porque he pensado que tal vez le ha ocurrido alguna desgracia a la señorita Marion. ¡Ay, nuestra estimada, benévola señorita, tan hermosa ella! ¡¿Quién sabe dónde estará ahora!?


Una nueva oleada de risas de los espectadores interrumpió las palabras de la señora Pimpfmeyer. Pero Koster gritó.


—¡Váyase ahora mismo al vestuario! No nos hace ninguna falta aquí, con sus estúpidos pensamientos.

Ofendida, la señora Pimpfmeyer se alejó, mientras las carcajadas del personal la seguían hasta el camerino.


¿Qué le había pasado realmente a Maud Marion?


Fred Koster mandó llamar a su chófer y le ordenó recorrer con su vehículo, a la mayor velocidad posible, el camino que la diva acostumbraba a conducir de camino al estudio, vigilando atento con el fin de averiguar algo sobre su paradero. Entre unas cosas y otras, ya eran casi las doce. La espera se hacía insoportable. La noticia sobre la misteriosa ausencia de Maud Marion se divulgaba ya por el amplio recinto de los estudios de Neubabelsberg y el resto de salas donde tenía lugar el rodaje.


Los reporteros de dos periódicos, presentes en uno de los otros estudios para escribir un reportaje sobre el rodaje de una magnífica película histórica, se interesaron de repente por el estudio en el que Fred Koster seguía deambulando, ocioso e indeciso, esperando noticias de su chófer. Los redactores presentían que aquel suceso causaría sensación y contaban con poder transmitir la noticia a sus periódicos de primera tinta.


A Koster no le gustaba prohibir la presencia de los periodistas en su estudio. Como prominente hombre de cine, había aprendido a valorar y temer la omnipotencia de los periódicos. Al fin y al cabo, eran los periódicos los que habían otorgado fama mundial a su nombre. Pero en esta situación concreta, la visita de la prensa no le resultaba agradable, pues era imposible pasar por alto el sorprendente giro que podía tomar el asunto de Maud. Möller apareció en escena.


—Señor Koster, le llaman por teléfono.


El director se alejó a toda prisa y los periodistas corrieron tras él para no perderse ningún acontecimiento clave. Al teléfono estaba el chófer de Koster. No había logrado hallar ni rastro de Maud Marion. Fred Koster se hallaba frente a un enigma.


¿Había sufrido la actriz un accidente? No lo creía. ¿Era tal vez algún secreto, que él aún desconocía, la razón de su ausencia? Empezaba a albergar recelos al respecto, sospechando la existencia de otro hombre en el asunto. En cualquiera de sus relaciones, siempre había sentido que era el más fuerte, con todas las mujeres. ¿Iba a ser, por primera vez en su vida, inferior a una mujer? Hasta el momento, estaba acostumbrado a ser él quien terminaba las relaciones cuando el amor de una mujer se convertía en una molestia. ¿Acaso tendría que replantearse de repente su conocimiento sobre las mujeres? Koster no quería concluir ese pensamiento, que dañaba su autoestima y hería su orgullo masculino.


Miró el reloj. Eran casi las doce y media cuando regresó al estudio. Cuando llegó, no podía creer lo que veían sus ojos. Allí estaba Maud Marion, alegre, atractiva, victoriosamente joven, con el rostro aún enrojecido por el frío aire otoñal. Ofrecía una imagen encantadora.


Su alta y esbelta figura iba ataviada con un elegante vestido de conducción que no hacía sino reflejar con suma belleza sus nobles y femeninas formas. Su pelo negro azabache asomaba bajo la boina formando un alegre rizo. Sus dientes mostraban una blancura impecable cuando reía. Era muy difícil no enamorarse de esta mujer hermosa, tan bien formada y de aspecto maravilloso. Maud se acercó rápidamente a Fred Koster y le dio a su amante un sonoro beso en la boca delante de todo el estudio.


—¡Ya ha llegado la fugitiva, Fred! —exclamó exultante—. No me regañe. ¡Tenga piedad de mí, honorable y severo señor director!


Koster sonrió de forma convencional, al tiempo que pensaba: ¿acaso está interpretando una comedia? ¿Sería aquel arrebato de ternura, que solía ocultar ante los desconocidos, una maniobra para superar su inseguridad interior? Está bien que finalmente estés aquí, Maud —dijo el director en voz alta—. Ha habido un gran revuelo en el estudio por tu culpa. Ahora ve a tu camerino. Te acompaño. Koster se dirigió a los periodistas con una sonrisa autoritaria.


—Ya ven, señores, lamento tener que decepcionarles. Aquí no les espera ninguna noticia de sensación. La señorita Marion ha llegado tarde a la grabación. Nada más. Escribiremos una reprimenda en su diario de clase por llegar tarde —añadió en tono de broma.


Los redactores del periódico se despidieron decepcionados.


—Möller, empezamos en media hora. ¡Asegúrese de que todo esté listo para entonces! —gritó el director a su supervisor de grabación. A continuación, marchó con Maud Marion.


La señora Pimpfmeyer, encargada del vestuario, que antes había escenificado un verdadero drama sollozando por su ama desaparecida, había hallado consuelo entretanto en una emocionante novela negra. Ahora le molestaba la aparición sorpresa de la diva. Se le antojaba mucho más importante averiguar, cuanto antes, si el abogado de la peluca roja de su novela era realmente el asesino del conde Ratibor.


¿Tendría que aplazar para otro momento su deseo de averiguar el desarrollo de la novela? Eso no le hacía ni pizca de gracia a la señora Pimpfmeyer. Por eso, saludó a su señora de una manera no precisamente amable.


—Ah, ya está usted aquí, señora —exclamó, mientras un ojo seguía pegado a la novela.

—Hola, señora Pimpfmeyer —respondió Maud Marion con un humor excelente—. Salga un momento. El Sr. Koster tiene que hablar conmigo.


La señora Pimpfmeyer se mostró ahora muy amable. Había ganado tiempo para su novela.


—Con mucho gusto, estimada señora —dijo de todo corazón y salió de buen agrado por la puerta.


Una vez a solas con Fred, Marion se lanzó a los brazos del director abrazándolo efusivamente.


—¿Me has echado de menos? ¿Has añorado a tu pequeña diva? —preguntó con una coqueta mirada.


Fred se desprendió de su abrazo bruscamente.


—¿Dónde estabas? ¡Habla de una vez y déjate de bromas tontas!


La actriz se rió.


—Tuve un pinchazo en el camino. Tienes que disculpar el hecho de que un neumático se reviente y no haya un repuesto de inmediato.


A Koster le molestaba el tono alegre y desenfadado de su amante. Tenía la sensación de que se estaba riendo de él, porque se dejaba engañar por excusas aparentemente inofensivas. Así que replicó, todavía con dureza.M


—No tienes delante de ti a ningún tonto que se cree tus mentiras infantiles. He enviado al chófer a hacer tu mismo recorrido con mi coche. Aún sigue buscándote.


—¡El pobre! No podía adivinar que he conducido mucho más allá de Potsdam. La desgracia me ocurrió en algún lugar de una solitaria carretera rural, unos diez kilómetros después de Potsdam. Tuve que caminar una media hora para llegar a la carretera principal y luego tardé otra media hora hasta la gasolinera más cercana, donde llegó un coche con una rueda de repuesto para mí.


—Si estoy en lo correcto —dijo Fred, aún convencido de su mentira—, nuestro estudio queda un poco antes de Potsdam. ¿Qué hacías de buena mañana en esa solitaria carretera rural a diez kilómetros de Potsdam? ¿Acaso te estabas probando el vestido para el baile de la película?


Maud no estaba dispuesta a permitir que los groseros modales de Fred estropearan su alegre estado de ánimo.


—¡Los hombres sois unos necios! Salís de la cama por la mañana cuando suena el despertador, os ducháis para estar frescos, tomáis el desayuno y abandonáis la casa prestos, directos al trabajo. Como un caballo que corre por las calles con las anteojeras puestas, incapaz de mirar sino su estrecho campo de visión, incapaz, al fin y al cabo, de escapar a su trote constante y su patrón de conducta habitual. Seguro que no te has dado cuenta del maravilloso día de otoño que hace hoy. Un poco frío, sin duda, pero con un aire refrescante que hace correr la sangre por las venas. Apuesto a que sólo pensabas en tu película. Ni siquiera en mí, así de prácticos acostumbráis a ser los hombres a primera hora de la mañana.


—Las mujeres, en cambio, tenéis poesía a raudales para cualquier cosita. Sois capaces incluso de inventar averías de coches en carreteras rurales solitarias al amanecer, como bien demuestra tu caso.


Fred interrumpió con ironía el animado arrebato de Maud. Pero la diva continuó como si tal cosa, haciendo caso omiso.


—Salí de casa puntualmente. Me puse incluso anteojeras como ustedes, señores de la creación. Quería estar en el estudio a tiempo. Entonces llegué a la Avus. Pisé el acelerador. Mi coche avanzó veloz por la maravillosa y suave carretera. El tacómetro bajo mi volante indicaba noventa kilómetros. El viento soplaba helado golpeando mi cara. Mi piel se volvió fría, a la par que tensa: un masaje delicioso. Me sentí fresca y vigorizada en ese baño de aire estimulante. ¡Qué gozada poder desconectar todos los pensamientos! No puedes imaginar, Fred, lo agradable y relajante que es sentarse al volante uno mismo, sin poder pensar, más bien sin estar autorizada a pensar, porque tienes que prestar atención a la carretera, con el único fin de avanzar a toda velocidad, libre como pájaro en el aire, como pez en el agua - el ser humano en el coche, dueño de su movimiento. Tú le concedes ese placer a tu chófer. No hay modo de hacerte conducir por ti mismo.


—Claro, yo no me puedo permitir el lujo de pasarme de la meta… —comentó Koster con mordacidad.


Maud Marion se burló de él entre risas.


—¿Mi gran director sigue molesto con su pequeña diva? Pues no debería.


Y cuando él se limitó a fruncir el ceño y omitir una respuesta, ella continuó entusiasmada.


—Sabes, Fred, lo cierto es que me resultaba imposible apartar los ojos de la carretera. Pero en un leve instante en que el camino era completamente recto, alcé la vista hacia arriba. Fue entonces cuando vi las nubes, impulsadas por el viento, compitiendo conmigo. Entre las nubes esparcidas asomaba un trozo de cielo azul. Allá donde mirase, hacia arriba, directamente al cielo, o delante de mí, a lo largo de la carretera, se extendía ante mí el vasto, amplio y eterno mundo. Mi motor tarareaba una divertida canción: de repente la vida era sumamente libre y bella. Ese inconmensurable mundo me pertenecía plenamente y me iba a pertenecer durante unos dichosos instantes, más de lo que me estaba realmente permitido. La carretera que tenía que tomar para llegar a Neubabelsberg ya se acercaba, pero pasé dejándola atrás, adentrándome en el mundo. Habría dado la vuelta para volver al estudio a tiempo. Las anteojeras no se pierden tan rápido. Fue entonces cuando me vi sorprendida por la avería. Ni siquiera pude enfadarme, y tú, Fred, tampoco deberías enfadarte ahora. Déjame contagiarte mi buen humor. Verás como enseguida recuperaremos el tiempo perdido.


Durante su relato, Maud había estado sentada en el tocador, con las piernas colgando alegremente. Koster caminaba sin cesar de un lado a otro en el pequeño vestuario. Entonces se detuvo frente a Maud y la miró, sentada así frente a él llena de entusiasmo por el viaje matutino en coche.


No había manera de que pudiera creer en la inocencia de su aventura, obsesionándose cada vez más con la idea de que él podía ser el traicionado. Al fin y al cabo, Maud era una actriz. Podría haber interpretado una experiencia inocente de forma vívida, incluso si en realidad había experimentado cosas completamente diferentes, cosas que quizás quería ocultarle.


Koster decidió mostrarse reservado en un principio, e incluso hacerse el ofendido. Si Maud se esforzaba por lograr la reconciliación con él, la dejaría ganar esa batalla. Después de todo, no quería alejarse de ella. Al menos no todavía. ¿Quién sabía lo que podría pasar después? Eran muchas las mujeres que se cruzaban en su camino deseosas de ser conquistadas.


Maud observaba a Fred fijamente. Tras su relato, esperaba que le diera un beso. Sin lugar a dudas, sentiría lo mismo que ella. Los dos estaban enamorados. Pero Fred se limitó a afirmar con aspecto huraño.


—En cualquier caso, te prohíbo hacer excursiones que impliquen horas de retraso para llegar al estudio. Y ahora date prisa para que podamos empezar de una vez.


De mal talante, se apresuró a salir, dando un portazo a la puerta del vestuario tras de sí. Maud se limitó a negar con la cabeza.


—¡Hombres! —dijo para sí misma en voz alta. Aun así, no estaba dispuesta a permitir que nadie estropeara su buen humor. A continuación, llamó a la señora Pimpfmeyer.


Entretanto, la señora Pimpfmeyer había averiguado, con gran alivio, que el abogado de la peluca roja no era, después de todo, el asesino del conde Ratibor. El asesino era el ayudante de cámara del conde, Max, que en contra de lo que ella había sospechado no era un inofensivo lacayo, sino el jefe de una peligrosa banda de delincuentes. Frau Pimpfmeyer estaba sinceramente indignada. Tal era su indignación que tenía que desahogarse expresándola con palabras.


—¡Estos hombres! —exclamó al entrar en el camerino de su señora.


—¡Qué me va a decir a mí, señora Pimpfmeyer! —respondió la diva con diversión—. Ahora dese prisa y vístame. Hoy toca el vestido de noche, y mientras me maquillo, llame al peluquero.


En el estudio, se daban los últimos retoques de martillo a la decoración de la sala de baile. Hans Möller metía prisa al personal. La escena que se iba a representar en la decoración del dormitorio sería rodada de inmediato. Entonces sería necesario que cesara el martilleo. Durante la grabación se hacía uso de un accesorio altamente sensible, un pequeño bloque cuadrado y blanco, el micrófono, que captaba todos los sonidos, y precisamente con especial malicia aquellos que nada tenían que ver con la grabación. En consecuencia, durante el rodaje no se permitía martillear, toser, hablar, estornudar, ni hacer cualquier otro tipo de ruido.


Maud Marion apareció en el estudio. Desde que había llegado, su aspecto había cambiado por completo. Se había despojado del vestido utilizado en el coche, que le había conferido un aspecto algo duro y desenfadado, acorde con un tipo de mujer moderna y deportiva. En su lugar, lucía ahora un vestido de noche, de terciopelo de seda en tono amarillo apagado con una chaqueta corta de armiño. De líneas suaves y fluidas, el vestido se amoldaba a su esbelto cuerpo. Su rostro, antes enrojecido por el fresco aire otoñal, había sido maquillado ahora en un tono pálido adecuado para la iluminación de la película. Su pelo negro caía con suaves y brillantes rizos alrededor de la frente despejada. En el momento de su aparición, Fred Koster se esforzó por mirarla con indiferencia.


—¿Podemos empezar de una vez? —se limitó a preguntar.


—Sí. Vamos a empezar. Estoy lista —respondió Maud.


El director dio la señal de inicio. Fuera del estudio, una luz roja parpadeaba delante de la entrada con un claro significado: ¡Atención: grabación en curso! Entrada estrictamente prohibida. El martilleo en el interior cesó de inmediato. Los focos se encendieron con un siseo. A continuación, se hizo un silencio absoluto.

Maud Marion dejó que la señora Pimpfmeyer le pasara de nuevo el espejo y los utensilios de maquillaje para empolvarse la cara. El director dio la señal a la sala de control del ingeniero de sonido. El micrófono estaba encendido. Todo estaba listo para la grabación.


En primer lugar, se ensayó la escena: Maud Marion, que en la película interpretaba a una sofisticada estafadora, debía fingir un desmayo en un baile en casa de Lord Gray. El Lord y su esposa llevaban a la mujer casi desvanecida al tocador de Lady Gray y la acostaban en la suntuosa cama.


—Déjenme sola un rato. Me repondré enseguida —susurró Maud con voz débil.


Apenas habían abandonado la habitación Lord y Lady Gray, Maud se incorporaba de un salto, precipitándose hacia la mesa del tocador para robar un collar de perlas que había en el cajón y salir cuidadosamente del tocador con el mismo. La escena había salido tan bien que el director se contentó con este único ensayo. El operador, que había seguido la escena a través de su cámara, tampoco encontró nada que criticar. Desde la sala de control anunciaron que tampoco había nada que objetar. Así pues, era el momento de grabar. Tal y como se acababa de ensayar, Lord y Lady Gray aparecieron en el tocador con la medio desmayada Maud Marion... Todo salió bien. El operador giraba la manivela con entusiasmo. La escena ya había avanzado hasta el momento en que Maud debía sacar el collar del cajón. De repente, Fred Koster gritó en medio de la toma


—¡Alto! Lo que estás haciendo es sencillamente imposible, Maud. No puedes sacar las joyas del cajón así sin más, sin ni siquiera echar un vistazo adentro. Primero tienes que rebuscar en la caja hasta dar con el collar. Antes lo has hecho bien. Así que presta atención. ¡Repitamos la toma ahora mismo!


Y de nuevo Maud Marion, en su papel de impostora, entró tambaleándose en el tocador, con el apoyo de Lord y Lady Gray. Esta vez, la actriz consiguió robar el collar de perlas en un modo satisfactorio para el director. La cámara y el micrófono habían captado la actuación natural y experta de Maud. Maud era una estafadora tan encantadora que haría perder la cabeza a sus admiradores cinéfilos en este nuevo papel.

La grabación había finalizado. La luz de advertencia del exterior se apagó. El bullicio del estudio se avivaba con gran estruendo. Los focos del decorado del dormitorio fueron desmontados y llevados al decorado del salón de baile. Acto seguido, por el suelo frente al salón de baile, serpentearon ruidosos los muchos cables y alambres que alimentaban los ojos de hierro ciegos de los focos, transmitiéndoles la fuerza luminosa necesaria para sus radiantes emisiones. La cámara de grabación y el micrófono también fueron trasladados al nuevo decorado. La siguiente escena podría ser rodada de inmediato.


Se trataba de la escena que precedía a la actuación recién grabada en el tocador de Lady Gray en la película completa. Hay que saber que una película no se rueda según la secuencia de los acontecimientos tal y como se desarrollan ante los ojos del público. La práctica del estudio cinematográfico determina el orden de las escenas a rodar, que son unidas en su orden correcto, según el curso de la acción, únicamente cuando la película está terminada. La presente escena mostraba el salón de baile donde Maud Marion, en su papel como impostora, tenía que fingir un desmayo para entrar en el tocador de Lady Gray y efectuar el robo.


—Todo listo para la grabación —informó el supervisor de grabación al director.


—Entonces llame Sichera los extras —respondió Koster.


Unos minutos más tarde, la alta aristocracia inglesa, destinada a prestar su glamour a la velada nocturna en casa de Lord Gray, acudió al estudio de cine sonoro de Neubabelsberg. Se entregaron veinte marcos a cada señor ataviado con un frac y a cada señora en traje de noche, que habían sido contratados el día anterior por el director de fotografía de la Bolsa de Cine de Berlín.


La grabación comenzó: Lord Gray y su esposa recibieron a los invitados. La última en llegar, saludada por un acorde de la orquesta, fue Maud Marion, la impostora que se había colado en la ilustre fiesta haciéndose pasar por Lady Wellington. Los invitados charlaron, coquetearon y bailaron, mientras la orquesta tocaba un nostálgico Boston. Lady Wellington bailó con Lord Gray, dejándose caer en los brazos de su señoría en un ligero desmayo.


Fueron muchas las escenas rodadas ese mismo día. Fred Koster, el director, trabajó incansable, y con el mismo afán trabajó su diva, Maud Marion. En estas circunstancias, no tuvieron oportunidad de tratar sus asuntos personales. La discusión a mediodía en el vestuario de Maud parecía olvidada. ¿Pero había sido olvidada realmente? Ya eran las nueve de la noche. El estudio se preparaba para una corta noche de descanso. A la mañana siguiente, bien temprano a las siete, despertaría otra vez con los golpes de martillo del nuevo día de trabajo....


En su camerino, Maud Marion se había quitado el maquillaje de la impostora Lady Wellington y se había puesto el vestido utilizado en el coche. Ahora quería volver a casa, bañarse y cambiarse de ropa. Después, se reuniría probablemente con Fred para cenar en Horcher o Kempinski, como acostumbraban a hacer todas las noches. Maud entró en la habitación de Koster. El director aún no había terminado. Le acompañaban el director de fotografía y su equipo de dirección, con los que tenía que planificar el trabajo del día siguiente. Maud le pidió a Fred que saliera un momento. El director la siguió hasta el vestíbulo. Estaba tan malhumorado como al mediodía en el camerino.


—¿Qué quieres, Maud? —preguntó con un tono seco.


—¿Nos vemos a las once en el Kempinski? —inquirió amablemente Maud.


—No estoy de humor para salir hoy. Me temo que aún estarás tan agotada por tu excursión matutina que no serás una compañía demasiado agradable. Quizás en otra ocasión.


—Pues muy bien —respondió Maud y se alejó sin despedirse.


Fred Koster seguía de pie en el pasillo delante de su oficina mientras oía cómo se alejaba en el exterior el coche de su amante. Estaba luchando con una mujer por su insignificante victoria como hombre. ¡Qué lejos estaba aquella obstinación de un amor fuerte y verdadero! Fred Koster no era el hombre capaz de hacer feliz a una mujer. ¡Ay de las mujeres que habían sucumbido a sus refinadas artes de seducción! Las almas de todas ellas, sencillamente deseosas de amor, tenían que quebrarse irremediablemente.